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Miguel Alarcón y Sergio Riaño - Del 9 al 9 acto simbólico de cierre.


  Mi historia como joven ignaciano

Mi nombre es Sergio Gilberto Riaño Morales, mi seudónimo es Coco. Les hablaré sobre mi experiencia espiritual y mis vivencias como joven Ignaciano, experiencia caracterizada por el amor y la gratuidad con la vida y con Dios.

Ser joven ignaciano implica ser humano, lo propio de la condición humana es su espontaneidad, su capacidad para dar comienzo a algo tan nuevo que no se puede explicar como una simple reacción ante el ambiente diría Arendt.
Pienso que Arendt no se equivoca en esa afirmación, a propósito de lo que considero por joven ingaciano. La Compañía de Jesús desde que inicie mi bachillerato, e incluso desde hace mucho tiempo, se ha encargado de formar mujeres y hombres integrales.

La pastoral juvenil despertó en mi la curiosidad por descubrir espontáneamente desde lo que somos, nuestro mundo exterior e interior con todas sus complejidades. Huellas, Curso Taller, Camino Claver, la Red Juvenil Ignaciana, me han brindado experiencias indescriptibles que han marcado mi vida. Estos espacios me han dado sentido también a través de la experiencia de Dios que se hace carne en el amor de la naturaleza, las personas, la familia y la vida, aspectos profundos que se escapan de una siempre reacción del ambiente que socavan el espíritu es decir nuestra propia humanidad.

No es tanto hacer y servir, es sentir y gustar de las cosas internamente; comprenderlo ha sido un proceso arduo. Desde el colegio las ganas de servir en experiencias como campamento misión, curso taller y huellas han despertado en mi emociones fervorosos que han contribuido aprender de mi y los demás . Aprendí a recibir el amor en las palabras de tantas personas que me han hecho comprender que la vida humana es el tesoro más grande que tenemos y que, a pesar de las contingencias, se manifiestan diariamente. Existen oportunidades para que el amor se cree y se recree en los mejores y los peores escenarios.


¿Por qué servir no es el fin último?

Cuando culminó mi proceso de bachillerato, continúe participando en el Movimiento Juvenil Huellas, la transición no fue fácil. Los tiempos de mi Universidad no coincidían con los tiempos de lo que sería próximamente mi comunidad de vida. Tuve que retirarme, entender que en ese momento no coincidían las cosas que quería y, aunque no me aleje del todo porque seguí trabajando en el Colegio Santa Luisa, entendí en el segundo semestre de 2015 que debía salir de mi Zona de confort porque Dios dispone de otras misiones en donde el amor se podría manifestar de otras manera. En ese momento regresé a la Casa Ignaciana de la Juventud y acompañé a la primera etapa del Movimiento Juvenil Huellas en el colegio Mayor de San Bartolomé y empezamos a construir la comunidad que en ese entonces era Huellas Doradas Uno.

Huellas Doradas fue una etapa importante en mi vida. El año pasado culminó el proceso de nuestra comunidad conformada de diversas personas: psicólogos, internacionalistas, ingenieros/a, arquitectos, fisioterapeutas, sociólogas/o, trabajadores sociales, filósofos. Aseguro que está conformada porque aún nos reunimos, porque nos encontramos y nos situamos a nosotros mismos como una familia que comparte desde las conversaciones más mamertas hasta las estupideces más graciosas, formas de ser, sentir y pensar, con las que queremos construir un mundo mejor. Ellos y ellas son una de las razones por las cuales el amor se manifiesta espontáneamente y desinteresadamente en mi vida.

Hoy quiero dar gracias a todos aquellas humanas y humanos que han hecho parte de mi formación, que espontáneamente han entregado la vida por ser más para servir mejor a los jóvenes y a la sociedad. Estoy seguro que ser joven ignaciano implica ser grato, espontáneo, amoroso, líder, sincero, honesto, divertido e incluso mamerto. Estas cualidades son adquiridas gracias a todas las personas y a las experiencias que nos han construido, buscando un mundo mejor, configurado a través de la luz del amor, la luz de Dios y sobre todo de la reconciliación.

Este último año aprendí que no podemos perder la esperanza que tenemos mucho por hacer y que debemos reconciliarnos como jóvenes Ignacianos , con nosotros mismos y con los demás. Proceso que no se puede explicar, pero se puede sentir y gustar internamente, comprendiendo lo que está fuera de nuestros sentidos por medio del amor y la paz con nuestros entornos. Cuando logremos eso ya habremos servido a nuestro interior, ahora es tiempo de servir al exterior, de pasar a la acción.

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